Empecé a escribir la historia de mi vida en un diario cuando dio comienzo el 2015.
De repente apareciste tú.
Dejé de escribir para centrarme en el presente, y le di una patada al pasado.
Empecé a escribir la historia de mi vida en un diario cuando dio comienzo el 2015.
De repente apareciste tú.
Dejé de escribir para centrarme en el presente, y le di una patada al pasado.
Reconozco que resplandecías
como un Velázquez
la primera vez que te vi.
Yo no sé tú,
pero esa luz que tienes dentro
encandila a todo aquél que te mira.
Cabe destacar que,
tiempo más tarde,
me dijiste que
te idealizaba.
Yo te digo ahora
(y siempre)
que no,
no te idealizo.
Simplemente creo que
desprendes expresionismo
por los poros
y que,
aunque no te va nada el cubismo,
el surrealismo sí que es lo tuyo.
Supongo que por eso
te gusta tanto
creer en los sueños
y te interesaste por el psicoanálisis
cuando nos conocimos,
pese a que ahora lo pienso y,
tal vez,
ese interés no fue otra cosa
que una táctica para enamorarme
(lo conseguiste, por cierto).
Pero reconoce que lo nuestro,
esto que nos está pasando,
el amor que sentimos,
la amistad que tenemos
(elige tú la forma más cursi de llamarlo),
sí que es un poco onírico,
porque eres como un sueño
y esas cosas ñoñas que me pides
no te diga porque
no quieres
que te idealice.
Pero
cómo no te voy a idealizar,
joder,
si eres una obra de arte surrealista.
Supongo que aunque ya no quede gente que levante el puño por una lucha aplastada por el capitalismo, aunque nos hayamos dejado arrastrar por las masas y la sociedad de consumo, imponiéndose así cánones de belleza irreales, con pectorales y caderas de infarto, supongo que todavía hay muchos que no se sienten parte del sistema.
Hablo de la gente con las heridas de la guerra marcadas en la piel, de aquellos que dejaron de luchar por el sueño porque al caerse de la cama y darse de bruces contra el suelo despertaron de repente para revolverse en el insomnio.
Hablo de los que dejan atrás la patria y cruzan el Mediterraneo ondeando la bandera de la desigualdad, con los ojos brillando de hambre y de esperanza. Y puestos a hablar de patria, me refiero también a aquellos que vagan sin tierra por el desierto, con la casa a cuestas y Occidente dándoles la espalda.
Hablo de los incomprendidos que reniegan de su Documento Nacional de Identidad, que se aferran con orgullo a una bandera que, esta vez sí, les representa realmente.
Hablo de los desahuciados que viven en sus propias carnes como la justicia comete la injusticia de echarles de sus hogares, sin rencores ni temores y olvidando el hecho de que la orden judicial de desalojo duele igual que no poder dar de comer a tus hijos.
Hablo de los que perecieron y perecen por culpa de los muros. Parece que en Europa hemos olvidado que la caída del muro de Berlín no ha podido evitar que otros muros se levanten por entre nuestras fronteras.
Fronteras. Al fin y al cabo, ¿quién las necesita? Nos traen más guerra que paz y, aún hoy en día, hay muchos que se sienten a disgusto con el reparto que unos cuantos caciques hicieron del mundo. Además, ¿de que nos sirven las fronteras si vivimos en un país donde gobierna el Partido de la Desigualdad, donde el racismo es el pan nuestro de cada día, donde lo único que hemos aprendido a hacer estos últimos años es a echarnos la culpa unos a otros?
Visto lo visto, permitidme renegar a mí también de mi nacionalidad, ya no para ser catalana, sino para dejar de formar parte de la desilusión ciudadana que, no os engañen, empieza en Galicia y acaba en las Canarias. Permitidme, entonces, considerarme una más de este mundo cuando éste esté exempto de dictaduras y las democracias sean verdaderamente reales, y no un simple teatro de marionetas donde unos pocos siempre mucho, y unos muchos siempre poco.
Te quiero.
Y es un gusto quererte
porque tus besos saben al arcoiris amainado la tormenta
al calor del verano
al crepiteo de las llamas de la lumbre
al pueblo que avanza para pisar con fuerza
un futuro negro que no le pertenece.
Así que gracias,
que sepas que es un placer
conocerte un poquito más
cada día.
Explícame
cómo quieres
que duerma sola
esta noche,
si las sábanas
huelen a ti.
Los olores no hacen contigo la cucharilla
ni te calientan los pies fríos
ni te dan besos en la frente
ni te hacen el amor por la noche.
Los olores son despedidas.
Cómo pretendes que no escriba poesía,
si tu risa es puro verso.
Cómo pretendes que no te sume los lunares que tienes en la espalda,
si no haces más que pasearte desnudo por mi habitación.
Cómo pretendes que te llame por tu nombre,
si sólo a ti puedo llamarte amor.
Cómo pretendes que no me deslice por entre tus sábanas,
si no haces más que buscarme las cosquillas.
Cómo pretendes que no me pasee por la playa los domingos por la tarde,
si las playas son nuestras desde hace ya tiempo.
Cómo pretendes que deje de hablar de tríos,
si la cama, tú y yo somos inseparables.
En serio,
¿cómo pretendes que no te quiera?
Llevo un tiempo pensando
en el vacío,
en la nada arrasada por un huracán en celo.
Es oscuro y triste,
el vacío.
Pero te llena el puto pecho,
el maldito.
Ahora no siento vacío (por suerte).
Tú llenas todo con tu risa.
Pero no puedo evitar pensar
que en algún momento estaré llena,
pero de vacío.
Estoy hablando de cuando tú no estés,
cuando leer a Neruda deje de ser un consuelo,
cuando se me abran de nuevo las cicatrices,
cuando estos versos que escribo
vaguen sin rumbo
y se estampen trágicamente
contra un colchón que ya no huela a ti.
Porque al final serás eso:
mis versos sin rumbo
con dirección trágica,
un corazón roto
y cicatrices al borde del llanto.