Explícame
cómo quieres
que duerma sola
esta noche,
si las sábanas
huelen a ti.
Los olores no hacen contigo la cucharilla
ni te calientan los pies fríos
ni te dan besos en la frente
ni te hacen el amor por la noche.
Los olores son despedidas.
Explícame
cómo quieres
que duerma sola
esta noche,
si las sábanas
huelen a ti.
Los olores no hacen contigo la cucharilla
ni te calientan los pies fríos
ni te dan besos en la frente
ni te hacen el amor por la noche.
Los olores son despedidas.
Cómo pretendes que no escriba poesía,
si tu risa es puro verso.
Cómo pretendes que no te sume los lunares que tienes en la espalda,
si no haces más que pasearte desnudo por mi habitación.
Cómo pretendes que te llame por tu nombre,
si sólo a ti puedo llamarte amor.
Cómo pretendes que no me deslice por entre tus sábanas,
si no haces más que buscarme las cosquillas.
Cómo pretendes que no me pasee por la playa los domingos por la tarde,
si las playas son nuestras desde hace ya tiempo.
Cómo pretendes que deje de hablar de tríos,
si la cama, tú y yo somos inseparables.
En serio,
¿cómo pretendes que no te quiera?
Llevo un tiempo pensando
en el vacío,
en la nada arrasada por un huracán en celo.
Es oscuro y triste,
el vacío.
Pero te llena el puto pecho,
el maldito.
Ahora no siento vacío (por suerte).
Tú llenas todo con tu risa.
Pero no puedo evitar pensar
que en algún momento estaré llena,
pero de vacío.
Estoy hablando de cuando tú no estés,
cuando leer a Neruda deje de ser un consuelo,
cuando se me abran de nuevo las cicatrices,
cuando estos versos que escribo
vaguen sin rumbo
y se estampen trágicamente
contra un colchón que ya no huela a ti.
Porque al final serás eso:
mis versos sin rumbo
con dirección trágica,
un corazón roto
y cicatrices al borde del llanto.
El golpe en la cabeza al caerte de la cama cuando tenías cuatro años.
Pillarte el dedo con una puerta.
Tu primera fractura ósea.
La marca de la avispa que te picó mientras nadabas en la piscina.
Los rasguños en las piernas.
Es increíble ver
como cicatrizan las heridas de la piel,
mientras el corazón sigue
desgarrándose
poco a poco.
Me ha costado años y horrores entender
que la felicidad es
un bien por sí solo,
que no necesita de coches caros
ni hoteles de lujo
ni sexo precocinado con opción a recompra.
Ahora (y ya no lo dudo)
sé con certeza
que la felicidad es
un capítulo nuevo de Juego de Tronos
acurrucaditos en el sofá,
sumándole amor al minutero del reloj
y unos cuantos versos más a nuestra historia.
Que la felicidad es
la revolución en las calles
y los lunares en tu espalda,
tu cara cuando lees mis poemas (que suelen hablar de ti),
una ducha después del sexo.
Que la felicidad es
verte hacer lo que amas,
leerte un cuento bajo las sábanas,
desintegrarte un poquito las penas.
Supongo que por eso
ya no me duele pensar
en el ayer
ni me asusta imaginarme
el mañana.
Así que
gracias por la confianza,
de verdad.
En lo alto de la montaña, bajo un resplandeciente paisaje que reluce durante los días de verano y que le sonríe a la niebla en las mañanas frías, hay un sauce que llora. Ya es viejo: ha visto pasar frente a sus ojos cientos de primaveras, han bailado a su alrededor los enamorados las noches de verano, se ha puesto colorado en otoño y ha pillado algún que otro resfriado con las nieves del invierno. Hace ya tiempo que el invierno se le alarga, que la nieve lo cubre todo y el viento frío que mueve sus ramas le hace llorar. Las temperaturas hacen escarcha de sus lágrimas, y ni si quiera la tímida luz de la mañana puede con ello. El sauce está triste y el invierno parece haber contagiado esa tristeza. De hecho, ya no se posan los pájaros sobre sus ramas, ni deciden las hormigas salir a pasear sobre su tronco. El sauce triste se muere en ese invierno que parece no tener fin. Últimamente tiene cara de domingo por la tarde, esperando el martirio del lunes que está por llegar; las ramas con las que antes abrazaba el calor de los días miran hacia el suelo, donde reposa el pasado de los que un día se besaron bajo su presencia; el color de las hojas, antes vivas, denota ahora la ceniza de aquello que se quema y desaparece para siempre.
El sauce llorón murió una fría noche de invierno porque alguien se olvidó del calor que desprendía.